Blogia

SANGREyLITERATURA

IV

IV

En la cara

un último rayo de sol.  (2)

Me detuve,

cerré los ojos...

 

Sentí frío,

miedo;

algo me envolvió.

Abrí los ojos.

Es de noche,

y no hay estrellas.

Triste desengaño

el engaño de la nube.

 

Nada hay en esta noche

de Nadal,

de juglar,

de mester de clerecía.

 

Noche sin nada.

Sin estrellas.

Sin luna.

Noche sola.

Noche Mística, de Cuaderna Vía 

Noche de impulsos contenidos,

que no pueden más:

Escapa un suspiro;

Se suaviza el susurro;

Es muy breve el gemido.

 

Pero...

Mi quejumbroso grito no es recibido.

Nadie hay en esta noche.

Nadie escucha mis lamentos.

Mis gritos continúan...

Sé que mi sufrir está ahí

porque lo escucho:

Un ¡Ay!, que se prolonga: ¡Ayyyyy!

Sólo el eco está conmigo:

Un ¡Ay!, cuatro veces repetido

 

En una noche como esta no haga falta el Enigma.

¿Qué es la noche?

¿Qué es el día?

¿Veinticuatro horas... de absoluta soledad?

¿Doce de él, doce mías?

                   

*

 

-Desearía que ella estuviera aquí- me dije.

-¡Noche, deseo que ella este aquí!- grité.

-Noche deseo- susurré al oído de la nocturna.

-¿Oyes los lamentos?- pregunta la luna que se asoma.

-Son mis gritos-le confirmo.

-Su eco... -corrige ella.

El dios Baco presta su cetro.

El dios Baco presta su cetro.

I.- El bastón retorcido. Los griegos llamaban dionisia a una piedra que al ser introducida en la copa con vino evitaba la embriaguez y prevenía el alcoholismo. La dichosa piedra adquirió sus propiedades en los tiempos en que ni el vino ni los libros tenían impuestos, cuando se le ocurrió al dios griego Dionisio (Baco, para los cuates romanos) orinar sobre una cantera. Era común ver que los asistentes a las fiestas dionisiáicas (misterios báquicos para los romanos) llevaran  entre sus manos una especie de báculo, cetro o bastón al que nombraban tirso. Cuando esto ocurría, las festividades eran místico-líricas, se resaltaba el carácter de Baco como divinidad de la vendimia. Y aunque se alzaba la copa con vino, ésta llevaba dentro el pequeño pedazo pétreo. Después vino el degenere orgiástico y licencioso del festejo que se conoce como bacanales. Miguel Ángel y Tiziano representaron a Baco con un cetro compuesto de dos ramas, una de parra y otra de hiedra entretejidas en espiral (tirso).

 II.-De telenovela.

Cada historiador, pugna por una fecha de nacimiento y defiende la autenticidad de la partida bautismal de Gabriel Téllez que presenta: 1580 (Gustavino), 1581 (Penedo), 1584 (Blanca de los Ríos) y, 1579 (Luis Vázquez). La duda sobre la autenticidad de los documentos presentados estriba en que en estos se menciona a un tal Gabriel Téllez de padre incógnito; incompatible para ingresar a orden religiosa sin dispensa papal  (que de haber existido llevaba implícita la prohibición para el dispensado de ocupar cargo alguno dentro de la orden).  Por el contrario, Gabriel Téllez en 1600 ingresa a la orden de la Merced, donde llegó a ocupar diversos cargos. Para intentar resolver este acertijo es necesario empatar dos o tres biografías. El primer duque de Osuna, don Pedro Téllez Girón y de la Cueva escalo los peldaños de la burocracia real: camarero mayor de Felipe II, consejero de Estado, embajador en Portugal, virrey de Nápoles... Su hijo, conservó el nombre y el ducado, y cedió el virreinato de Nápoles para establecerse en Madrid. El tercer duque de Osuna, Pedro de Alcántara Téllez Girón y Guzmán, fue virrey de Sicilia.,y, en Nápoles, cuando era virrey encabezo un intento independentista, donde tras proclamarse  rey fue apresado. Al ser liberado se estableció en Madrid en donde tuvo una relación amistosa estrecha con Quevedo; gracias a la cual debió conocer a su medio hermano, Fray Gabriel Téllez, sin Girón, pero con los beneficios de la sangre azul: la fe de bautizo con la fecha que quisiera, aporte económico a la orden que lo aceptara, etc.

 III.-De paso por América.En 1610 comienza a escribir comedias y para 1615 en que cree haber encontrado un  estilo utiliza el seudónimo de Tirso de Molina. Un año después, por encargo de los mercedarios va a La Española (Santo Domingo). En 1618, regresa y se avecinda en Madrid, dos años después, en la academia de Juan Francisco Medrano conoce a Lope de Vega y Carpio; hay empatía, y el fénix de los ingenios le dedica Lo fingido verdadero. En 1621 se imprime por primera vez una de sus obras: Los cigarrales de Toledo. En 1622 participa en el certamen literario por la canonización de San Isidro (donde, al igual que Calderón de la Barca no obtiene premio). En 1625 se le excomulga latae sentenciae (sentencia latente) “para que no haga comedias ni otro ningún género de versos profanos”. Al no tener retroactividad  la sentencia, se dedica a imprimir su obra anterior a 1525, que debía ser copiosa, tal como escribe en el prologo de su primer obra impresa: “De en catorce años hace la pluma va a la mano... más de trescientas comedias, ni hurtadas a las toscanas (italianas) ni ensartadas unas tras otras, como procesión de disciplinantes, sino con su argumento que lo comprende todo.”  Muere a finales de febrero de 1648. 

IV.-Don Gil de las calzas verdes.

Al igual que Paulo, el personaje de su obra El condenado por desconfiado, que vivió una vida de ermitaño por diez años, Tirso de Molina rompió su silencio literario en 1635, al escribir una de sus dos mejores obras: Don Gil de las calzas verdes (la otra, claro, es El burlador de Sevilla y convidado de piedra), donde al igual que Calderón de la Barca, pone a las mujeres en situaciones inverosímiles, sin embargo, Tirso de Molina es más profundo en la construcción de la personalidad sicológica de las heroínas y en las situaciones humorísticas sin menoscabo de la obra. La trama es sencilla, de Valladolid, doña Juana va a Madrid disfrazada de varón tras el galán que la abandonó (don Martín).En Madrid, los enamorados se hacen llamar don Gil, al pretender los amores de doña Inés, la que inicialmente los confunde, pero logra diferenciarlos gracias a unas medias verdes que bajo su vestido de hombre oculta doña Juana. Cuando son obvias las preferencias de doña Inés por don Gil de las calzas verdes, aparece en escena don Juan, un pretendiente de doña Inés, el cual resulta herido en una disputa  con arma blanca contra el (la) de las calzas verdes. Doña Juana, ante ello, adopta una nueva personalidad femenil (doña Elvira) la que logra hacerse confidente de doña Inés. El descubrimiento del engaño termina en dos bodas: doña Juana vs. don Martín, y, doña Inés vs. don Juan.

 

Don Martín: Yo soy Don Gil, Inés mía;/ cumpla yo tus esperanzas.

Doña Inés: Don Gil de las calzas verdes/ he dicho yo.

Don Martín: Calzas verdes/ me pongo desde mañana,/ si este color apetece./ Ven, loca.

Doña Inés: ¡Ay don Gil del alma! (Escena X, acto Primero).

 

Doña Juana: Don Gil, a quien imité/ en el talle y en la cara,/ de suerte que hizo un pincel/ dos copias y originales/ prodigiosa está vez.

Doña Inés: ¿Uno de unas calzas verdes? (Escena V, acto segundo)

 

Don Juan: Con determinación vengo/ de agotar estos dos Giles,/ que agravian con medios viles/ las esperanzas que tengo./ Dos son. ¡Quién duda que alguno/ su dama vendrá a rondar?/ O me tienen que matar,/ o no ha de quedar ninguno. (Escena X, acto tercero).

 V.-Plagio creativo.

He sido recurrente con la idea de que toda lectodigestión  conlleva, en diferentes grados, un plagio creativo. De hecho, es posible que Tirso de Molina conociera la escenificación teatral que hacían los jesuitas basados en una obra inglesa de 1615 llamada Historia del corrupto y maquiavélico conde Leoncio y su desdichado fin. Lo que si es indiscutible que conoció, fue la obra El infamador de Juan de la Cueva, y al famoso seductor de Sevilla, su contemporáneo don Miguel de Mañara, conde Villamediana, los que junto con el segundo duque de Osuna (¿su padre?) tenían muchas de las características que imprimió a su Don Juan. José Zorrilla en 1844 publica su  Don Juan Tenorio, pero antes y después de él  hay otras tantas versiones y variaciones del tema del seductor (el intento de comparación será en otro papel) sin embargo, es Zorrilla quien mejor se inscribe en la tradición versoteatral castellana.  Acorde con el estilo, cito un pequeño fragmento zorrillesco del que han surgido tantas variaciones de connotaciones sexuales:

 

“Cálmate, pues, vida mía;/ reposa aquí, y un momento/ olvida de tu convento/ la triste cárcel sombría./ ¡Ah! ¿No es cierto ángel de amor,/ que en esta apartada orilla/ más pura la luna brilla/ y se respira mejor?”  Escena II,. Acto cuarto.

  

UN RÍO DE AMOR

UN RÍO DE AMOR

     I.- Entierro y exhumación. San Lucas fue todo un artista; la leyenda cuenta que pidió ser enterrado con el Evangelio y con la estatua en madera de la Virgen María  que salieron de su arte. Dichas reliquias y sus huesos fueron exhumados por  Flavia Helena (Santa Elena) quien las heredo junto con su cristiandad a su hijo Constantino, el que los llevó a su reino: Constantinopla. Antes de que ésta ciudad cayera en manos infieles el nuncio papal y después Papa (Gregorio Magno) los llevó a tierras cristianas. San Leandro recibió la estatua de la Virgen María de ese Papa y la traslado a Sevilla. Como el avance musulmán continuó, y no era cosa de estar llevando a una imagen tan milagrosa de aquí para allá, decidieron enterrarla a orillas de un río, al que cuando llegaron los árabes bautizaron con el nombre de Uad al hub (Río de Amor). Fue tanto el tiempo que duró la dominación mora de la gran Hispania (siglo VIII al XV) que se olvidaron del nombre original del irio (río en castellano antiguo) y del sitio en donde fue escondida la estatua de la Virgen María.

    

     Y hubiese permanecido oculta, de no ser por lo que cuenta Fray Gabriel de Talavera en su Historia de la aparición y milagros de Nuestra Señora de Guadalupe (Toledo, 1597): “Cerca del año del  Señor de mil y trecientos y treynta, diendo Pontífice Juan XXII...gobernando a Castilla, y Leon, el Rey Alfonso X...estaba apacentando un pastor (Gil Cordero) sus vacas...(una) se alexo...en su busca tres días... vió la vaca muerta... (a orillas del río Guadalupe) determina despojarla de su piel. Sacó un cuchillo, hizo la señal en el pecho...apenas la hubo señalado, cuando se levanto la vaca con ligereza...aparécele la Reyna soberana, y poniendo corazon y ánimo á su temeroso pecho, le dize: Cobra esfuerzo, yo soy la madre del Redemptor del mundo...da cuenta de lo que has visto, á los sacerdotes y clerecía...caven con diligente reverencia, y hallarán debaxo de tierra mi preciosa imagen: y en el punto que la la hallaren...hagan una capilla en mi memoria...” ¿Qué tan cerca del año de 1330 ocurrió tal suceso? Seguramente antes del 4 de abril de 1284, que es el día en que murió el rey Alfonso X (a) El Sabio.

 

     II.- Lobos, flores, peñas, protectoras y Cuautitlán. Las discusiones entorno al origen del nombre de la Virgen de  Guadalupe han  tenido que ver con concepciones localistas y teológicas más que etimológicas. El mismo Fray Gabriel de Talavera conocía dichas discusiones. Cuando escribió su famoso libro ya existían teólogos novohispanos que consideraban otros orígenes etimológicos del nombre de la Virgen del Tepeyac. Por ello trató de ser enfático al afirmar que:

      “Este apellido le quedo del tiempo de los Moros, y en Romance quiere dezir rio del Lobo: porqui la palabra Guada, en Arábigo, es lo mismo que rio... O por ventura podemos dezir, se tomó de la lengua Francesa... en la qual Aguada, o Guada, significa muchedumbre de agua: como lo refiere Abraham Orthelio en su teatro del mundo...”  

     Sebastián de Covarrubias y Orozco,  capellán de Felipe III (el que consumó la expulsión de los moros de España) entusiasmado con la reconquista y con ánimos de olvidar el pasado moro y magnificar la influencia romana en la península ibérica, escribió en su Tesoro de la lengua castellana. (Madrid 1611): “Guadalupe, unos dizen que vale rio de los Lobos, á (de) Lupo. Otros rio de los altramuzes (planta leguminosa de flores blancas) que en latin se llaman Lupinos.”

      El matemático y filosofo mexicano Luis Becerra Tanco (1602-1672) exponiéndose a una excomunión tuvo el valor de escribir en su Felicidad de México en el principio, y milagroso origen, que tuvo el Santuario de la Virgen Maria, Nuestra Señora de Guadalupe (México, 1666) que el nombre de la Virgen del Tepeyac tenía origen náhuatl: “...lo que pudo de decir el indio (fue) Tequatlanopeuh cuya significación es la que tuvo origen en la cumbre de las peñas...(también) pudo ser que dijiese el indio Tequantlaxopeuh la (que) ahuyentó o apartó a los que nos comían...” 

     Don Teobaldo Antonio de Ribera Guzmán en su Relación y estado del culto, lustre, progresos y utilidad de la Real Congregación de Nuestra Señora de Guadalupe (Madrid 1740) fue más enfático y categórico al enunciar: “Entiendan los extremeños y europeos que el título de Guadalupe lo dio á la portentosa Imágen de Mexico el sitio en donde se apareció, Quauhtlalapan, (Cuautitlan: entre, cerca de, o junto a los árboles) y la similitud de esta voz á la de Guadalupe, pricipalmente en la pronunciacion; porque en la de dicho idioma la q suena á g y la t suena á d como si dixieran los indios Guaudlalapan...(y) lo corropieran tambien en el de Guadalupe, estando tan acostumbrados á esta voz los conquistadores, qual extremeños...” 

 

     III.-Ad perpertuum rei memoria (para perpetuar su memoria). Con erudita disertación sobre el nombre de Guadalajara, el muy erudito Gutierre Tibón logra aportar la mejor argumentación en cuanto al origen etimológico de los nombres de los ríos de España.

En una de sus tantas obras: México en Europa y en África. Editorial Posada.

 “Los uadi, para todo el que haya estudiado algo de la geografía del mundo arábigo,... (son) los torrentes tumultosos  que se producen durante las raras lluvias torrenciales; pero además del cauce de un río seco, uadi se vuelve el río en la acepción común de la palabra, una corriente de agua perene y abundante como el “río grande” o wadi-al-kabir de la Andalucía mora: el Guadalquivir. Plural de uadi es  uadian: Guadiana es el fabuloso  río de España, uno y múltiple. Uadi es además un valle aunque no pase por el una corriente...El supuesto uadi de Guadalajara no es un río sino un valle...(pues) Hayar, piedra, roca, en la España mora y en el norte de Africa, se usaba también con la acepción de castillo, fortaleza... Guadalajara: Valle de fortalezas”  

     Con la misma “técnica geográfica” deduzco que el prefijo uad también tiene acepción de lago, o bien ser una colección de agua. Pues así se intuye al conocer que la ciudad de Uadai (Sudán), se encuentra a orillas del lago Tchad. Y al agregar el subfijo an (plural)  a uad se convierte en muchos lagos o una colección de pequeños lagos u oasis, como el oasis del Sahara, el  Uadan.

 

     Por otro lado, difiero del significado que da Gutierre Tibón a Wadi al kabir (rio grande), amparado en la frase que  solía usar el filosofo árabe Alfarabí: Kabir al Yazirat al Arab (Grandeza de Arabia). Con lo que el Guadalquivir sería: Río de Grandeza. Más aún, Ub es amor, uban amores, kab ub gran amor y Uad ad hup es Río de Amor, un gran río de amor que se derrama por México y toda latinoamérica.

III

III

Salir a la calle

Sin saber que hacer

O que decir

 

Maldecir

¡Maldecir!

Llorar.

 

Preguntarse

¿Por qué?

Y saberlo

 

Recriminarse:

¡Por qué no cambié!

Y no saberlo

 

Caminar y llorar

Después:

Llorar y caminar

 

Ir al poniente

Por donde se fue

Y tener una esperanza.

 

Una

Única

Esperanza

 

EL ZAPATERO

EL ZAPATERO

Tras una vida ambulante / anda El judío errante.Eugéne Sue

Miguel veía con atención al viejo con el que su padre hacía tratos:

-¿Cuánto me va a costar?

-Barato, patrón; cinco cobres.

 

El precio fue aceptado y el trato se cerró, por lo que dio comienzo los afanes del viejo: Puso sobre el suelo una gran bolsa de lona, de la que sacó un banquillo y los enseres necesarios para reparar el par de zapatos por los que cobraría las cinco monedas de veinte centavos.

 

La abuela de Miguel, gran observadora, decidió aprovechar la curiosidad de su nieto por el zapatero ambulante, y en los siguientes días, cualquier impertinencia o berrinche del pequeño Miguel, fue reprimida con la misma amenaza:

-Si no te calmas, le diré al zapatero que te lleve con él.

 

Para reforzar su amenaza, le contó la historia de un zapatero judío llamado Severo, el cual tenía su casa en el sitio por donde pasó Jesucristo rumbo al Gólgota: “Cristo desfalleció, doblegado bajo el peso de la cruz, y los soldados romanos pidieron a Severo que lo dejará descansar un momento en el zaguán de su casa. Severo, no sólo se negó, sino que le pegó con una de sus herramientas y le dijo a nuestro señor: ¡Camina! Jesús le respondió: Me voy, pero tú esperarás a que yo vuelva.” Ahí, su abuela hacía una pausa, y al continuar con el relato, su voz adquiría un tono triste al decir: “Y por siempre, desde entonces, de día o de noche, a través de los tiempos, Severo vaga alrededor del mundo esperando la segunda venida de Jesucristo.” Conciente de que su nieto podría tener dudas, la abuela, terminaba siempre la historia con un: “Si no me crees, pregúntale cómo se llama.”

 

Las dudas y la curiosidad, llevaron a Miguel a los libros, fue ahí en donde encontró otros nombres del judío errante: Ahasverus o Ahsevero, Asuero, Buttadeu, Isaac Laqueden o Laquedem, Joseph Cartaphilus o Catafilo, Michob-Ader, Salatiel, Samer, Serib-Bar-Elia...; pero Miguel, nunca se atrevió a preguntar el nombre al zapatero que esporádicamente llegaba a reparar el calzado de su familia.

 

Los libros que leyó en su infancia, lo llevaron a otros, y esos otros, primero a estudiar arqueología, y luego, a especializarse en la arqueología de la primeros tiempos del cristianismo.

 

Y su dedicación al estudio y a su trabajo le crearon prestigio y fama, sin embargo, Miguel no dejo nunca de indagar en cualesquier libro especializado que caía en sus manos, todo lo que pudo sobre el judío errante, supo así: “Que la leyenda del judío errante no se encuentra en la Biblia, ni en los evangelios apócrifos”; “Que existe la sospecha que dicha leyenda se formó en Constantinopla en el siglo IV; y de ella se conocen dos versiones principales: la de Oriente, citada en el siglo XIII por Mateo de París, monje de san Albano, que hace portero de Poncio Pilatos al judío errante; y la de Occidente, más antigua en Europa que la primera, y de la que se desprende que era un zapatero”; “Que un autor de la Edad Media estableció que cada cien años el maldito sufre una terrible enfermedad de la que se recupera, pues no puede morir sino hasta que regrese Jesús”; “Que Jesucristo vendrá cuando los varones y las hembras se mezclen sin distinción de sexos, cuando la abundancia de víveres no aminore su precio, cuando los pobres no hallasen quien los socorriese por estar extinguida la caridad, y cuando los templos dedicados al dios verdadero sean ocupados por ídolos”; “Que el judío errante sólo lleva cinco monedas de cobre”; “Que el judío errante es, con toda certeza, nada más que una metáfora de la expansión por el mundo del pueblo judío...”

 

Cuando las monedas de cobre salieron de circulación y sólo se les encontraba en tiendas especializadas; cuando ya nadie recordaba el último artículo publicado por Miguel en las revistas de arqueología; cuando habían transcurrido veinte años de su jubilación; justo entonces, la herencia y el tiempo se posesionaron de su cerebro en forma de la enfermedad de Altzheimer. Las proteínas responsables de la memoria dejaron de producirse en su sustancia gris, y sólo permanecían en ella los primeros recuerdos de Miguel, los que, mezclados con los pocos recuerdos recientes, le hicieron teclear en su vieja maquina de escribir lo que él pensaba sería su mejor artículo; al que tituló: “El sida, la carestía, la falta de altruismo y las sectas religiosas salvarán al judío errante”.

 Los editores de los Annals of Archeology no aceptaron publicarlo.

CONEJILLO DE INDIAS

CONEJILLO DE INDIAS

 

Un gesto y un ¡Ay!, fue lo que el diablo obtuvo de Juvenal Baylón al puncionarle una vena del antebrazo derecho; también le extrajo diez mililitros de sangre, los cuales vació de inmediato en un bolígrafo especial con el que se firmó el contrato por el cual Juvenal cambiaba su alma por inmortalidad, riquezas y eterna juventud.

 

Ese día, el sol brillaba con intensidad en Cancún y la temperatura era de treinta y nueve grados a la sombra; por ello, Juvenal se dirigió a unos de los cubículos que en el interior tenían un cajero automático y una agradable temperatura. Frente al cajero, Juvenal pensó en una cifra: Diez mil, veinte mil; sin embargo, al recordar que el cajero sólo podía darle tres mil pesos por día, fue que tecleó esa cifra. Ya con el dinero en sus manos y la pantalla del cajero preguntando si haría otra operación, Juvenal, pidió que le fuera impreso su saldo. Cuando Juvenal salió del cajero, sonreía y llevaba un papel en la mano izquierda en el que estaba impresa una cifra de más de diez ceros a la derecha.

 

Con el sudor en la frente, Juvenal, pensó en la playa y en el agua, así que fue a comprar un traje de baño, unos huaraches, un bronceador y se dirigió al club de playa más exclusivo del puerto. Ahí, pidió y tomó dos, tres, varios cocos con ginebra, los cuales hicieron estragos en su comportamiento, pues el capitán de meseros, parado frente a él, le pidió amablemente: “Por favor, señor, le agradecería que dejará de molestar a los demás clientes”. Juvenal, asintió con la cabeza y, trastabillando, se dirigió a darse un chapuzón en la playa.

 

El grado de embriaguez de Juvenal, era tal, que a los pocos minutos de ser llevado de un lado a otro por las olas, gritó en demanda de auxilio. El salvavidas del club de playa corrió en su ayuda, y de no ser un joven sano y fuerte, hubiese muerto en el intento de rescate de Juvenal. Los ciento veinte kilos de peso de Juvenal impidieron que fuera rescatado, y se hundió...

 

 Cuatro horas después, en la arena de otra playa, el voluminoso cuerpo de Juvenal, era apenas movido por las olas. Media hora paso antes de que Juvenal recuperara la conciencia; misma que le hizo recordar el contrato que firmó con sangre: “Vaya, en un sólo día he comprobado que soy rico e inmortal. Ahora sólo falta saber si en verdad seré eternamente joven”. Después de mucho meditarlo, llegó a la conclusión de que únicamente el paso del tiempo le permitiría confirmar su eterna juventud.

 

Con la tranquilidad que da el dinero, Juvenal, se dedicó a gastar el dinero en viajes, francachelas, mujeres y vicios; y la confianza que da el saberse inmortal, le llevó a la práctica de los deportes extremos, el manejo de motocicletas y automóviles de lujo a grandes velocidades y al sexo sin protección...

 

Los días, los meses, los años y cualquier otra forma de compactar el tiempo, llegaron y se fueron, y el vaivén de la vida puso a Juvenal en deslucido hospital, en donde ciego, desnutrido e inmóvil, oye a los médicos, que sin prudencia comentaban frente a él: “Lo conocí cuando yo era estudiante y ya estaba en fase terminal”; “Tiene sarcoma de Kaposi, citomegalovirus y tuberculosis”; “Ochenta y cinco años con sida, ¿puedes creerlo?”

 Juvenal se siente como un conejillo de indias; un conejillo de indias inmortal...

LOS SUEÑOS DE DON LUIS

LOS SUEÑOS DE DON LUIS

De esta ciudad de libros hizo dueños
A unos ojos sin luz, que sólo pueden
Leer en las bibliotecas de los sueños
Los insensatos párrafos que ceden
Jorge Luis Borges
 Cuando el médico terminó de explorarlo y leía los resultados de los exámenes de laboratorio en los que fijaba la vista, le preguntó a manera de regaño:

-¿Toma sus medicamentos y hace dieta cómo yo le recomendé?

Don Luis, sonrió con ironía antes de escucharse decir una mentira:

-Claro, doctor.
El endocrinólogo también sonrió un instante, pero luego adquirió un aire de seriedad cuando pensando en que es la neuropatía diabética, la que tras afectar al nervio óptico, termina por dejar ciego a los diabéticos. Así que concluyó la consulta con una recomendación:
-Le voy a dar un pase para el Oftalmólogo. Quiero que lo revise. Espero que vaya. 
Don Luis regresó a su casa a sus tareas de siempre: la lectura y traducción de diversas obras literarias. Aunque últimamente, no eran precisamente “obras” lo que la editorial le encargaba traducir. Su secretaría, políglota como él, notaba el desdén con el cual don Luis se refería a último libro que traducían del alemán:
 -Bien, continuemos con la traducción de este librejo.Sólo una cuartilla fue traducida aquel día, y la secretaría de don Luis, se retiró pensativa a su casa:
“Pobre de don Luis, la diabetes lo esta acabando”
 
Una vez sólo, don Luis pensó en que si el endocrinólogo le enviaba con el oftalmólogo era porque su ceguera sería total en poco tiempo, tal y como él lo temía. Tan concentrado estaba en sus pensamientos que olvidó tomar sus tabletas hipoglucemiantes y el inyectarse su dosis nocturna de insulina.
 

Esa noche tuvo un sueño sensacional: soñó en una ciudad de libros, en Alejandría, en cuya alta y honda biblioteca, erró por sus lentas galerías, ahí encontró diversas enciclopedias y atlas de oriente y occidente. Encontró en esos libros: siglos, dinastías, símbolos, cosmos y cosmogonías...

 
Al otro día, por la mañana en que despertó, pudo recordar íntegro su sueño. Repasó mentalmente cuál había sido su itinerario del día anterior, con el animó de encontrar una relación causa efecto entre lo que había hecho y lo que soñó.
 
Llamó a su secretaria y le pidió que como ayer, se presentara sólo por la tarde a su casa. También en ese día, sólo una cuartilla tradujeron. Y al llegar la noche, esta vez de manera conciente, no tomó sus tabletas hipoglucemiantes ni se aplicó la insulina. El sueño se repitió, sólo que esta vez pudo leer otros libros, otras verdaderas obras.
 
El sonido del timbre lo despertó. Después de abrir la puerta, y sin dejar pasar a su secretaria, le dijo:
-Tómese el día. Venga mañana por la tarde- Al ver la incredulidad en su cara, agregó: No pasa nada, sólo que hoy quiero dormir y soñar un poco más... 
Nadie podrá decir que no lo meditó. Lo hizo, y mucho. Al final tomó una decisión: En el resto del día no ingeriría sus tabletas ni se aplicaría insulina. Así, seguro, tendría más tiempo para leer todos aquellos libros, que en la biblioteca de Alejandría le esperaban.
 
En la tarde del siguiente día, ante el temor de la secretaría, hubo que llamar a la policía, los bomberos y a un cerrajero, pues ante los insistentes timbrazos, don Luis nunca abrió la puerta. Encontraron a don Luis en su cama. Su respiración era dificultosa y tenía un extraño tufo a manzanas podridas.
 
El endodrinólogo diagnósticó: “Es un coma cetoacidótico”, pero como la secretaria no entendió que era eso, sólo atinó a agregar:
-Parece que estuviera dormido. Mírelo, si hasta sonríe. 
Y es verdad, don Luis, sonríe, en la biblioteca de Alejandría, al pensar en los versos que hace tiempo escribió: “Al errar por las lentas galerías/ Suelo sentir con vago horror sagrado/ Que soy el otro, el muerto, que habrá dado/ Los mismos pasos en los mismos días”.

TREINTA DE AGOSTO.

TREINTA DE AGOSTO.

-El día en que murió Teódulfo Albarrán fue un domingo de plaza. Nosotros nos enteramos cuando estábamos comiendo en la fonda de mi tía Leandra. Todo mundo puede atestiguar eso. Es más, antes estuvimos en la tienda de don Jaime Corrales; a él y a mi tía pueden preguntarles si nos vieron nerviosos. Porque yo digo que alguien que mata a un hombre, seguro se pone nervioso.

 

-Nadie esta diciendo que alguien de la familia lo haya matado- la voz del hijo es condescendiente.

-Pero lo pensaron...

-¿Quién, papá, quién?- interroga la voz del hijo.

-Su familia y la pinche gente chismosa.

 

El hijo intenta decir algo, pero un dedo índice puesto sobre la boca de su hermano menor lo hace desistir, lo mismo que las caras y gestos de sus otros hermanos y hermanas que rodean la cama de su anciano padre.

  

El silencio que sigue le permite a don Canuto llevar sus pensamientos a otro lugar y otro tiempo: al treinta de agosto de mil novecientos catorce, cuando con sus siete años de edad camina tomando de la mano de su madre y tras su abuela paterna que va unos pasos delante de ellos, quien a su vez es precedida por su hijo, que a caballo los encabezaba. La vereda es estrecha y con diversos vericuetos que impiden ver a los que delante de ellos también van o regresan de Arcelia. Fue eso lo que quizá impidió que Teódulfo Albarrán los viera y huyera. “Hasta aquí llegaste hijo de la chingada” dijo su padre al tiempo que apuntaba con su retrocarga al pecho de aquél hombre en una de las vueltas del camino. “¡No hijo, no lo mates!”, oye otra vez don Canuto gritar a su abuela. Luego sus recuerdos se hacen confusos: Gritos, llantos y suplicas de su madre y de su abuela se mezclan en su mente, para finalmente clarificarse en la voz de su padre: “Que te valga hijo de la chingada que mi madre esta aquí” y ¡Zoc!, remata lo dicho con un culatazo a la cabeza de Teódulfo Albarrán, quien primero cae hincado frente a ellos y después, bocabajo y comienza a respirar ruidosamente. Ahí le dejan, y continúan su camino rumbo Arcelia, en donde su padre, todavía malhumorado, compra una nueva culata de madera para su carabina. Cuando han terminado las compras para la despensa de la semana, se dirigen a la fonda de doña Leandra Salgado, parienta lejana de ellos, en donde comen lo habitual: aporriadillo y combas. Es ahí en donde se enteran que Teódulfo Albarrán a sido encontrado muerto al lado de la vereda que comunica Tlalchichilpa con Arcelia.

  

El ejercicio mental que representó ordenar y clarificar sus recuerdos fue agotador para don Canuto, por lo que se duerme por treinta minutos, tras los cuales despierta para preguntar:

-¿Qué fecha es hoy?

-Treinta de agosto- le responde su hijo mayor.

 -Quiero confesarme. Traigan un sacerdote.

Sólo cuando don Canuto ha de confesarse, sus hijos e hijas abandonan el ruedo que hacen a la cama en que su padre pasa sus últimos momentos.

  Por la noche de ese treinta de agosto de mil novecientos noventa nueve, a los noventa y dos años de edad, falleció don Canuto Salgado Salgado. A su velorio, sepelio y novenario no acudió ningún miembro de la familia Albarrán.